Ototo no engeki.

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Ototo no engeki.

Mensaje  Emmi_Rosu el Mar Nov 19, 2013 4:06 pm

~Bienvenida~
Estaba estirada cuan larga era en mi cama. La lluvia golpeaba violenta contra los cristales de toda la casa. Abajo se oía como mis padres despedían a unos tíos que habían venido de visita. Mi padre les daba las gracias por venir mientras mamá recogía las tazas donde habían tomado café, lo que producía un agradable tintineo.

Yo levantaba y bajaba los pies mientras rebuscaba algo en una caja. No era una caja cualquiera, era mi caja. La caja donde guardaba las cosas de mi hermano.

No tenía ningún tipo de dibujo, era de color negro, pero en una esquina de la tapa había un pequeño corazón rosa. Dentro no guardaba demasiadas cosas. La mayoría de lo que contenían eran fotos que nos habíamos hecho juntos, pero yo misma había "conseguido" un par de objetos que guardaba como si fuesen auténticos tesoros.

Lo que buscaba ahora era una pulsera negra con una cruz invertida. Era una de las pulseras que Kuran me había regalado antes de irse a la universidad. No me gustaba nada, y podía contar con los dedos de una mano las veces que me la había puesto. Pero aquella mañana me sentí culpable por despreciar así un regalo de mi hermano, así que ahora la buscaba como una loca.

La encontré debajo de una de mis fotos favoritas. En ella salíamos Kuran y yo cuando eramos pequeños. Yo era una cría de unos cuatro años, así que él debería rondar los ocho. Yo sonreía con una piruleta en forma de corazón en la mano, y mi hermano me daba la mano con un gesto super serio. Sonreí y me puse la pulsera.

La odiaba por muchas razones. Una de ellas (quizás la más importante) era que se la había regalado Rika. Otra era que no me acababa de sentar bien. Me veía mucho más pálida, y la cruz estaba adornada con ridículos diamantes falsos que se caían cada dos por tres. No era una pulsera bonita, pero aun así me sentí mucho mejor al llevarla.

Admiraba como la luz de mi cuarto arrancaba destellos en los pocos diamantes que le quedaban a la cruz cuando oí la puerta sonar de forma escandalosa. Al principio pensé que la tormenta se estaba volviendo más violenta, pero luego caí en la cuenta de que estaban llamando. Extraño, ya que la gran mayoría de la gente usaba el timbre:

-Nomiko, cielo, ¿puedes ir a abrir la puerta?-la voz de mi madre llegaba desde la cocina.

-Claro.

Me levanté y bajé corriendo las escaleras. Deslizandome sobre mis calcetines gordos de lana, llegué a la puerta antes de que les diese tiempo a llamar otra vez. La abrí escondiéndome detrás cuando vi que mi madre se encaminaba hacia la entrada:

-Hijo mío, ¿que haces aquí?

Asomé la cabeza, incrédula, por detrás de la puerta. Allí estaba mi hermano, con maletas y calado hasta los huesos. Estaba bastante cambiado desde la última vez que había venido de visita. Llevaba el pelo más largo y había perdido mucho peso. Mi madre fue directa a abrazarle, hasta que se dio cuenta de lo mojado que estaba:

-Nomiko, ve a por toallas y ropa limpia para Kuran-dijo mirando a donde yo estaba-. Vamos, cielo.

Corrí por el suelo de marmol de la casa mientras mi madre le daba la bienvenida a mi hermano y cerraba la puerta. Fui al baño de abajo y cogí un montón de toallas amarillas, y subí al cuarto de Kuran para buscarle algo caliente que ponerse.

Cuando volví, mi hermano estaba a punto de irse al baño. Le di las toallas y la ropa y miré hacia mis pies descalzos:

-Gracias, hermanita-dijo revolviéndome el pelo de la cabeza mientras iba con pies pesados al baño.

Ayudé a mi madre a poner la mesa y mi padre vino del salón. Se sentó en una silla, esperando para darle la bienvenida a su hijo. Mi madre dejó que echara yo el café en las tazas y no me obligó a subir a mi cuarto.

Padre abrazó efusivamente a Kuran cuando volvió, con ropa seca. Volvió a darme las gracias y se sentó a mi lado, dándole un sorbo a su taza de café:

-Cariño-dijo mi madre, sentándose en frente suya- ¿Como es que has vuelto a casa?

-Me han echado de la residencia-respondió Kuran con un gesto de indiferencia.

-¡¿Como que te han echado?!-gritó mi madre, montando en colera.
-Cálmate, ¿vale?-dijo él retorciendo las manos-. Solo se me ha acabado el tiempo en el que puedo vivir en la residencia. No puedo solicitar más porque estoy a media carrera.

-Vaya-dijo mi padre revolviendo el café con la cucharilla- ¿No puedes usar el dinero de la beca para alquilar un piso?

-Si lo uso para eso me quitaran la beca-murmuró él, resignado-. Solo puedo usarlo para estudiar.

-¿Y tú novia?-pregunté yo, para sorpresa de toda mi familia-. Quiero decir, ella tiene un piso, ¿no puedes quedarte con ella?

-Yo y Rika hemos... Nos estamos dando un tiempo.

-Uf-mi madre suspiró y se terminó su café de un trago-. Bueno, cariño, puedes quedarte aquí el tiempo que quieras.

-Gracias-dijo él con una sonrisa-. Solo me quedaré un par de años, lo que me queda de carrera, y lo que tarde en encontrar un buen trabajo.

Mi padre levantó los ojos de su bebida y miró a mi hermano. Luego esbozó una enorme sonrisa:

-Bienvenido a casa, hijo mío.

Terminamos de tomar el café en silencio y mi madre le dijo a la cocinera, Marta, que fuese a por las maletas de Kuran, pero él dijo que no hacía falta. Aún así le pidió ayuda mi padre.

Miré en silencio como mi hermano deshacía las maletas. No conocía ninguna de las cosas que él estaba poniendo en el armario, pero me parecía que le quedarían muy bien. Cuando Kuran dirijió la vista hacia mi, intenté esconderme, pero había reaccionado tarde. Sonrió de forma cansada:

-Anda, ven.

Entré con cautela. Hacia mucho que no entraba en la habitación de Kuran, practicamente desde que él se había ido de casa. Y estaba practicamente igual, solo que olía a cerrado y no a la colonía que mi hermano se echaba antes.

Me senté en la cama, que soltó un crujido cuando notó mi peso. Kuran cerró el armario y se sentó a mi lado. Se fijó en que llevaba la pulsera de la cruz puesta y la acarició:

-Pensé que no te gustaba.

-La odio-dije yo mientras cruzaba las rodillas-. Pero hoy tenía ganas de ponérmela. No sé.

-Te queda muy bien-giró mi muñeca y deshizo el nudo de la pulsera. Me la quitó, abrió la ventana y la tiró.

-¡Eh!-me enfadé durante un segundo, pero luego me eché a reír-. Rika no me gustaba. Era extraña

-¿Sabes por qué la dejé? Porque a mi tampoco me gustaba, solo que no lo sabía-me apartó el pelo de la cara-. Tendré que fiarme más de tu criterio-luego me estrechó demasiado fuerte entre sus brazos-. Te he echado de menos, Nomi-chan.

-Calla-refunfuñé- ¿Quieres que llame a Tatsu y a Megumi?

-Tatsuku-Kuran abrió mucho los ojos, como si hubiese tenido una revelación divina-. Sí, llámale. Estará bien.

Fui corriendo a mi cuarto y quité mi movil de debajo de la almohada. Busqué con un click el nombre de Megumi en mi lista de contactos:

-¿Alo?-chilló la voz de mi amiga.

-Megumi.

-¡Nomiko!-casi pude sentir como sonreía a través del teléfono- ¿Qué te cuentas? ¿Qué es de tu vida?

-¿Podeis venir tu y tu hermano esta tarde? Ha vuelto Kuran.

-¡Oh, Dios, mío! ¡Tatsuku!-escuché un golpe y luego unos pasos apresurados.

Un minuto después otra voz volvió a hablar:

-¿Nomiko?

-Tatsu-sonreí. Tatsuku era el hermano mayor de Megumi, tenía la edad de Kuran, y vivía en un piso cerca del centro. Megumi debería de estar allí.

-¿Es verdad que ha vuelto Kuran?

-Sí, ha vuelto, ¿os podéis pasar...?

-¡Será cabronazo!-se río- ¡Ni a avisar ha venido! ¿Que tal si os pasais por aquí?

Pensé un momento. Era una mejor idea, ya que quería que Kuran viese el piso de Tatsuku:

-Vale, iremos a tu piso. Que Megu se quede allí, ¿eh?

-De acuerdo. Hasta luego, Nomi-chan.

Escuché el click del teléfono y me tapé la cara con la almohada, chillando de alegría. Kuran había vuelto a casa. Todo volvería a ser como antes.
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